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AUSCHWITZ ES AHORA

«Los asesinos de Auschwitz cercenaron a los judíos de la humanidad y les negaron el derecho a existir»: tal vez sea Emil Ludwig Fackenheim quien mejor haya formulado la dimensión teológica del exterminio nazi contra el pueblo judío. No es lo más aterrador la cifra de los seis millones. Lo es la precisión con la que, antes de ser gaseado, cada uno de ellos debía ser desprovisto individualmente de hasta su último atributo de hombre. De modo que lo aniquilado no fuera una fracción -ni siquiera una fracción criminal u odiosa- de la especie humana. Sino un virus, al cual se fumigaba preventivamente. Así, la logística de la muerte en los Campos era tan moralmente trivial cuanto la desratización en las cloacas. El Ziklon-B fue puesto en el mercado como la última palabra en raticidas. Nada más funcional que usar como laboratorio de su eficacia a los especímenes hacinados en Auschwitz, Dachau, Treblinka...

«No eran humanos», repiten los ancianos alemanes a quienes Goldhagen entrevista en Los verdugos voluntarios de Hitler. Ellos, grises padres de familia en los años treinta, corrieron con las ejecuciones en las zonas rurales. Nada, o casi nada, sabían de política. Se les dio un revólver, instrucciones para no ser salpicados por las astillas que saltan de la nuca al estallar la bala. Cumplieron su tarea con la misma asqueada indiferencia con la que hubieran pisoteado orugas. No eran humanos. Habían sido vecinos suyos hasta dos días antes. Pero aquello debía ser visto ahora como un malentendido; o, más bien, como una conspiración para infectar al pueblo ario. No eran humanos ya, cuando les disparaban. Eran el enemigo de las leyes de la naturaleza y de los hombres.

Conforme a lo dictado por Adolf Hitler en 1934: «Al ario y el judío, los opongo mutuamente. Y, si doy nombre a uno de hombre, estoy obligado a buscar un nombre diferente para el otro. Porque están tan separados entre sí, cuanto lo están las especies animales de la especie humana. Y no es que yo esté llamando animal al judío. Está el judío más lejos del animal que nosotros, los arios. Es un ser ajeno al orden natural; es un ser contra natura».

Proliferó, consecuente, la iconografía burlesca del monstruo: nariz rinoceróntica, ropón negro y raído, desaliñados tirabuzones bajo la kipá, ojo aviso... El «judío Süss» de cineastas y dibujantes nazis tenía todos los rasgos de lo repelente. Su mente maquinaba las resentidas perversidades que contra la belleza humana -la moral como la física- le ponían en condiciones de perpetrar su enfermo retorcimiento anímico y su inagotable atesorar dinero ilícito. La eficacia de esa iconografía fue demoledora. Funcionaba así: una encantadora niña aria, rubia y con tirabuzones, se enfrenta al repugnante judío ataviado de cucaracha: «¿Pero cómo pueden los judíos violar con total impunidad todas las leyes humanas e internacionales?». Cínicamente indiferente, responde el hombre insecto: «Nuestro buen dinero nos cuesta». El judío es el enemigo de lo humano. Su dinero, sabiamente administrado, borrará a los verdaderos hombres de la tierra.

Setenta y cinco años después, abro el periódico. Viñeta. Una encantadora niña aria, rubia y con tirabuzones, se enfrenta al repugnante judío ataviado de cucaracha: «¿Pero cómo puede Israel violar con total impunidad todas las leyes humanas e internacionales?». Cínicamente indiferente, responde el hombre insecto: «Nuestro buen dinero nos cuesta». Israel es el enemigo de lo humano. La sabia administración de su dinero busca borrar a los verdaderos hombres de la tierra.

Sucedió en Madrid. Hace ocho días. Auschwitz no es aquí cosa del pasado.


GABRIEL ALBIAC

LO QUE EL BURKA DICTA

«¡OH, Profeta! Di a tus esposas, a tus hijas y a las mujeres de los creyentes que se cubran con sus velos hasta los pies: éste es para ellas el mejor medio de darse a conocer y no ser ofendidas» (Corán, 33, 59). Palabra de Alá a Muhammad. Inalterable como el Eterno mismo. Otras cosas le podrán ser reprochadas al Libro; no, que sea ambiguo. Hasta en el detalle de sus excepciones: «Di a las creyentes que bajen la mirada, que sean castas, que no muestren sus encantos, que pongan velos sobre sus pechos, que no muestren esos encantos más que a sus esposos, o a sus padres, o a los padres de sus esposos, o a sus hijos, o a los hijos de sus hijos, o a los hijos de sus hermanas, o a sus sirvientas o esclavas, o a sus esclavos incapacitados para el acto sexual, o a los muchachos impúberes» (24, 31).

El velo hasta los pies no es un avatar efímero ligado a interpretación de clérigos. Es lo que el Libro establece. Y nada en el Libro que Dios dictó puede ser erosionado por el tiempo. O por la azarosa interpretación humana. Porque ese velo no es un ornamento. Es la expresión litúrgica de una fobia coránica. La que cristaliza en el dicho de la Sunna: «Un hombre, una mujer. Y Satán en medio». ¿Es humana una mujer? Sólo de un modo tasado. Al cincuenta por cien de la plenitud, tal como fijan las suras 2, 282 y 4, 11-12: «Pedid el testimonio de dos hombres. O, si no los hubiere, de un hombre y dos mujeres». «Si vuestras esposas no tienen hijos, la mitad de lo que poseen os pertenecerá». Igualmente tasada, su sumisión al mando viril: «Los hombres tienen autoridad sobre las mujeres en virtud de la preferencia que Dios les concedió sobre ellas... Amonestadlas cuando sospechéis su infidelidad, encerradlas en habitaciones a parte y golpeadlas» (4, 34). Condición semihumana que tiene un nombre, en suma. Extraño hoy para Occidente: esclavitud.

Nicolas Sarkozy subrayó anteayer en Versailles, ante la solemne Asamblea conjunta de Parlamento y Senado (la primera de ese tipo en casi un siglo y medio) la centralidad de la lucha republicana contra eso. La abolición de la esclavitud marcó en Francia -primero en 1793, definitivamente en 1848- el punto sin retorno en la universalización del derecho. Se requirió un largo trecho aún y un esfuerzo perseverante para hacer de la norma realidad plena: esta que define a las sociedades libres. Muy pocas, por cierto, fuera de Europa y el Norte de América (que tal vez sea hoy la única Europa viva). Pero no existe avance histórico que no sea reversible. Y, al anunciar la inmediata promulgación de una ley para prohibir el uso del burka, el presidente francés sabía bien que no estaba abordando una anécdota ligada a la libertad religiosa. Sino algo más primordial: la pervivencia de la esclavitud, cínicamente enquistada en nuestras sociedades. «El problema del burka no es un problema religioso», formuló Sarkozy. «Es un problema de libertad y dignidad de la mujer. No es un signo religioso, es un signo de servidumbre, es un signo de humillación». Justo lo que una tierra que se quiera heredera de la libertad no puede admitir. A ningún precio, y por encima de cualquier ideología. «Quiero decirlo solemnemente: el burka no es bienvenido en Francia. No podemos aceptar en nuestro país la existencia de mujeres prisioneras tras una reja, amputadas de toda vida social, privadas de toda identidad. No es ésta la idea que nos hacemos nosotros de la dignidad de la mujer... No debemos avergonzarnos de nuestros valores. No debemos tener miedo de defenderlos».

No, no todos los políticos europeos son iguales. Algunos hasta son inteligentes. ¡Qué envidia!


GABRIEL ALBIAC

EL ERROR DE OBAMA

En la Universidad del Cairo, Barack Obama incurrió en su más grave error de cálculo. Fue un discurso sorprendente. Por lo mal preparado. Un presidente de los Estados Unidos tiene a su disposición el más espectacular depósito de saber del mundo: las grandes universidades americanas. Ciertos disparates le están vetados. Puede, así, que los conocimientos sobre el Islam de George Bush, en vísperas del ataque contra Manhattan, fueran escasos. Sus discursos, sin embargo, apenas pasadas cuarenta y ocho horas, contenían análisis sobre el horizonte yihadista de una complejidad y una precisión absolutas. No puede ser de otra manera, cuando de las palabras del que habla depende la actuación de la única potencia que en el mundo está dispuesta aún a dar combate por la democracia. En la Universidad del Cairo, no sólo hizo Obama el espantoso ridículo -al cabo, inofensivo- de confundir fechas e historia de la España medieval que cualquier crío sabe; no sólo desbarró, al hablar del Renacimiento y la Ilustración europeos en términos que hubieran acarreado el suspenso a un alumno de bachillerato. Hasta ahí, la cosa fue una mezcla de jactancia y frivolidad sin mayor consecuencia. Lo grave, lo más grave, vino al hablar de Irán. Donde el diletantismo del Presidente se reveló tan huero como en sus digresiones históricas. Pero, en el más alto grado, peligroso.

Estaba evocando Obama la «fuente de tensión» que la búsqueda de armas nucleares había generado entre su país y la República Islámica de Irán. Y ofrecía un acuerdo de buena voluntad para solventarla: «En vez de permanecer atrapados en el pasado, les he dejado claro a los líderes y al pueblo de Irán que mi país está dispuesto a dejar eso atrás. La cuestión ahora no es a qué se opone Irán, sino, más bien, qué futuro quiere forjar. Será difícil superar décadas de desconfianza, pero avanzaremos con valentía, rectitud, y convicción. Habrá muchos temas que discutir entre nuestros dos países, y estamos dispuestos a seguir adelante sin precondiciones, basados en un respeto mutuo. Pero no hay duda para quienes se ven afectados, que en cuanto a las armas nucleares, hemos llegado a un punto decisivo. No se trata sólo de los intereses de Estados Unidos. Se trata de evitar una carrera de armas nucleares en el Oriente Medio que podría llevar a esta región por un camino sumamente peligroso».

Es la de Obama, ese día, una de las más tiernas proclamas de debilidad ante el enemigo que hemos oído, en boca de un presidente estadounidense, desde hace muchos años. Tal vez, desde la pusilánime política iraní de Jimmy Carter, a la cual debemos la segunda, que se hubiera creído de verdad el cálculo de quienes veían posible un trastrueque electoral de la teocracia iraní. Lo primero, revelaría una frivolidad peligrosísima. Lo segundo, un resquebrajamiento inaudito en los equipos de analistas de la Casa Blanca. Cualquiera de ambas hipótesis da miedo.

Teherán respondió el lunes. Ni Ahmadineyad, ni el Consejo de los Guardianes, ni el Jefe espiritual Jamenei van a ceder un paso. Irán es una locomotora, lanzada sin frenos hacia la guerra. Nuclear. Por supuesto, en muy buena proporción, el desastre que se incuba en la zona. Sólo caben dos hipótesis para una tal exhibición de flaqueza ante líderes religiosos y políticos que, como los iraníes, tuvieron siempre clara su voluntad de avanzar hacia el conflicto total, allá donde el menor punto de indecisión contraria se lo permitiera. La primera es que, en efecto, Obama hubiera prescindido de especialistas y asesores, para dar curso a ese angelismo retórico para el cual es hombre extraordinariamente dotado.


GABRIEL ALBIAC

EL CÍRCULO CUADRADO

En una secuencia de Casablanca, que todo aficionado al cine recuerda, el capitán Renaud procede a cerrar, con manifiesta desgana, el garito del colega Rick. A la demanda del por qué, Renaud responde, en digno tono ofendido: «¡Estoy escandalizado! Acabo de enterarme de que en este local se juega». Es el preciso instante en el cual un camarero se le acerca cortésmente: «Sus ganancias en la ruleta, señor». «Muchas gracias». Renaud se embolsa el fajo y sigue con el desalojo.


Occidente anda estos días escandalizado. Acaba de enterarse de que las elecciones en Irán no fueron democráticas. ¿Y cuándo ha hablado Irán de democracia? Seamos serios. Desde que los ayatolás, bajo guía espiritual de Jomeini, derrocaron al Shah, Irán se constituyó en régimen coránico. Lo cual excluye la legitimidad, no ya de la democracia, sino del Estado nacional. Ambos, Estado-nación y democracia, son invenciones paganas, que no puede un musulmán sino juzgar heréticas. Sólo en la umma, comunidad de los creyentes, se identifica el pueblo fiel al Dios. Si los gobiernos locales de los países árabes -y, muy en especial, el de la Arabia Saudí, tierra sagrada del Profeta- son para Irán demoníacos, es por esa abominación que los contamina: una estructura política ajena a lo que el Corán dicta. Y si la República Islámica de Irán ha preservado su prestigio de ciudadela del islamismo en guerra final contra los incrédulos, ha sido precisamente por su rigor al alzar la más imponente teocracia hoy viva.


No gobierna Ahmadineyad; no gobierna el Consejo de Guardianes, que supervisa la ortodoxia coránica de cada decisión del gobierno; ni gobierna el Líder religioso Supremo y jefe máximo del ejército -ayer el ayatolá Jomeini, hoy el ayatolá Jamenei-, el cual nombra al Consejo de Guardianes, pero también a los jueces. Gobierna Alá. Sólo. Los otros son nada más vicarios suyos. Especular acerca de sutiles grados de democracia en un régimen que se define a sí mismo como teocrático, es un modo muy poco inteligente de perder el tiempo. «Teocracia democrática» es un oxímoron: un «círculo cuadrado».


No hace falta recordar que «elecciones» no es igual a «democracia». Cualquiera de mi edad sabe si había publicitadas elecciones en el franquismo. O en los despotismos del Este. Democracia es una tupida red de garantías, que reposa sobre dos pilares: la autonomía de poderes contrapuestos, uno; el otro, la universal convención jurídica que hace iguales ante la ley a todos los ciudadanos, sin distinción alguna. Ambos son imposibles en la literalidad islámica. El primero, porque, por encima de cualquier ley o norma humana, está la ley universal que Alá dictó en el Libro; y que abarca, sin exclusión, todos los instantes en la vida del creyente; dividir los poderes sería, así, violar el dictado divino, del cual no hay poder que pueda emanciparse. El segundo pilar, la universal igualdad ante la ley, es aún más impensable. Es muy claro el Corán sobre quién -y quién no- sea sujeto estricto de derecho. Y en qué medida. Y, aun en la privilegiada comunidad de los creyentes, las líneas de demarcación están blindadas. La mitad de la población musulmana, la femenina, está formada por sujetos jurídicamente inferiores, cuya tutela encomienda el Libro a sus varones. Corán, IV, 34: «Los hombres poseen autoridad sobre las mujeres, en virtud de la preferencia que Dios les ha concedido sobre ellas... Amonestad a aquellas cuya infidelidad sospechéis; encerradlas en habitación aparte y golpeadlas».


No hay círculo cuadrado. No hay Islam democrático. Hay Irán. Y, dentro de muy poco, Irán atómico. Y entonces sí que vamos a enterarnos.



GABRIEL ALBIAC


LA SUPERSTICIÓN ANTINUCLEAR

«UNA tragedia y una comedia se escriben con las mismas letras». El pasaje pertenece al asombroso De generatione et corruptione, en el cual acota Aristóteles qué sean ser y no ser. Muerte y vida no se excluyen: vive lo que está muriendo. Sólo. Y no morir es no estar vivo. Porque, «la corrupción de una cosa es la generación de otra y la generación de una es corrupción de la anterior, y así necesaria e ininterrumpidamente acaece el cambio». No hay decurso sin riesgo. Ni novedad que no aniquile aquello de lo cual viene. En el siglo XIX, habrá de ser Karl Marx, ese clásico a quien sus creyentes acabarían por hacer casi ilegible, quien reformule mejor la tesis aristotélica: «en la historia, como en la naturaleza, la podredumbre es el laboratorio de la vida».

La legendaria visión de lo real que es la de los supersticiosos abomina de todo cuanto trastrueca la perezosa inercia de lo establecido. Sucedió, en los inicios del maquinismo con los ludditas que, hacia 1811, vieron en el telar mecánico conspiración para exterminar a los tejedores. Y llamaron a destruir las máquinas, refinados artilugios de un demonio en lucha contra hombre y naturaleza. Fue uno de los momentos más locos de la edad contemporánea. Cíclicamente, el luddismo vuelve. Así son las supersticiones. Los variados infantilismos de la ecología son sólo el avatar último de una añoranza de lo irracional que acecha de continuo al cerebro humano. Provocaron ya el desastre que, para la contención de la malaria, fue la prohibición del DDT, único insecticida eficaz contra sus transmisores. El daño que su mítico veto a las centrales nucleares está en curso de desencadenar es más grave.

Hace ya un siglo y medio que el petróleo es única fuente rentable de energía. Sin ella, el mundo en el cual vivimos no hubiera sido posible. Hoy, su funcionalidad hace quiebra. Por la limitación de sus disponibilidades. Por la concentración de sus fuentes, que lo atan a un arbitrario oligopolio. Por el azar de que un porción relevante de ese oligopolio pertenezca a las dictaduras más obscenas del planeta. La consecuencia es un mundo en el borde mismo de la guerra mundial más devastadora. En ausencia de una alternativa energética rentable, nada impedirá esa guerra, ya explícita en las operaciones islamistas contra Nueva York, Madrid o Londres. Lo paradójico es que existe alternativa. No las míticas energías «limpias», que cuestan bastante más de lo que producen, y pueden, por tanto, ser ornamentales; nunca eficaces. La única alternativa hoy a los hidrocarburos es la energía nuclear. Tal vez un día no lejano, la de fusión. Hoy, en todo caso, la de fisión, cuya rentabilidad no admite comparación con ninguna otra. Una asombrosa Iglesia Luddita se ha anudado en torno al dogma básico de su rechazo. ¿Dónde funda su leyenda? ¿En Chernobil, quizá? Pero Chernobil no es una criatura de la energía nuclear. Lo es de la homicida incompetencia soviética. En España, es fácil fijar fecha: 1981, asesinato del ingeniero Ryan, paralización de Lemóniz y, para camuflar el éxito político de ETA, moratoria nuclear indefinida. Con paradojas tan locas como la de que esa energía sea adquirida en Francia, con la estupenda lógica de que una explosión nuclear será contenida por los controles de pasaporte en la frontera.

Es hora de corregir lo que aún puede ser corregido. Afrontar con seriedad los riesgos. Acotarlos. O bien atrincherarse en la ciudadela de lo muerto. En la cual no existe riesgo. Porque no existe vida. Sí, «una tragedia y una comedia se escriben con las mismas letras». Con las mismas, una farsa. En tiempo de Aristóteles. En el nuestro.


GABRIEL ALBIAC

LA JOVEN ARENDT

Sobrevivió al lastre de haber sido la amante, a los diecinueve, de uno de los más despreciables sujetos del siglo veinte. Y uno de los dos o tres de más talento. Pero Hannah Arendt venía ya acorazada de inteligencia, aun antes de cruzarse en Marburg con el maestro de pensar de la Alemania nazi.

Es un azar feliz que lleguen, simultáneos, al lector español dos libros esenciales de la pensadora. Encuentros edita la que, en 1928, fuera su tesis doctoral: El concepto de amor en San Agustín. Paidós, el grueso volumen que recoge sus Escritos judíos -entre los cuales, son los fechados en los años treinta y cuarenta los más importantes-. Arendt había nacido en la Alemania de 1906. Sobrecoge constatar la grave madurez con la que alza razón, desde el final de los años veinte, de lo ineluctable de la tragedia que viene, lucha después contra ella, intenta, al cabo, comprender la raíz del monstruo.

Al final, lo que queda en nuestra mente y nuestra biblioteca de la amplia obra de Arendt es su monumental trabajo sobre la más específica criatura de nuestro siglo: Los orígenes del totalitarismo (1951) es una obra maestra. Lo es el On revolution de 1963, que completa su problemática. Lo es, quizá más que ningún otro de sus libros, la joya minimalista Eichmann en Jerusalén, meditación del mal en forma pura. Para entonces era ya ciudadana estadounidense, profesora de prestigio y la mujer más influyente de cuantas se asomaron a la filosofía en el siglo. Pero hubo esa Arendt de 22 años, que, bajo la dirección de Jaspers, busca a través de San Agustín el concepto que le permita salir indemne de la jerga letal de su primer maestro. Y lo consigue esplendorosamente. La que hace lo imposible, ya en París y huida de la nazi Alemania de sus maestros, por salvar primero la vida de un Walter Benjamin que inicia su caída libre hacia Port-Bou y la nada; más tarde, y ya en América, la que hará todo por salvar su obra, la más imprescindible de la filosofía alemana en el último siglo. También, la que pergeña redes de auxilio a los judíos que aún consiguen escapar de Hitler. La que escribe, en el escaso tiempo que deja la refriega, algunas de las más sutiles reflexiones en torno al desastre en curso.

De Arendt queda en nosotros la mujer serena que busca el silencio de las bibliotecas a partir de los años cincuenta. Hay esta otra: esta que se enfrenta al vértigo de unos años desesperados. Y que a mí me hace pensar en la más grande de las pensadoras trágicas judías: Simone Weil. A la cual no le fue dado conocer el tiempo adulto del sosiego y del repliegue.


GABRIEL ALBIAC

LA EXCEPCIÓN ISRAELÍ

No hay Estado en el mundo al cual no se reconozca potestad para defender con las armas sus fronteras. Salvo a Israel. A cualquier despotismo en ejercicio, teocracia feudal, tribalismo en diverso grado genocida, dictadura arcaizante o moderna, le es atribuido el derecho a un ejército que preserve su territorio. Al único Estado democrático del Cercano Oriente, se le niega eso. Que es, nadie se engañe, la condición sin la cual no hay nación posible. Y eso es lo que está en juego: la existencia. Quienes, bajo soflamas vomitivamente humanitarias, niegan el derecho israelí a proteger sus fronteras frente a un enemigo armado que proclama su propósito de destruir el país y expulsar a sus pobladores, fingen hablar de política. Mas no hay política, no puede haberla, en una hipótesis tan carente de racionalidad mínima. Bajo la espuma de la retórica caritativa y de ese pringoso moralismo que es modo muy europeo de enmascarar lo más siniestro, se trasluce un odio viejo. Irracional y homicida. El del intemporal antisemitismo que, en lo más hondo, sigue operando con idéntica intuición a la de Hitler: lo judío es una enfermedad que debe ser extirpada de lo humano. Del corazón de Centroeuropa, en los años cuarenta. Del corazón del Cercano Oriente, ahora. El antisionismo es la forma benévola y eficacísima del antisemitismo. Igual de exterminadora. Y menos malsonante.


Israel nació en la guerra. Y en la guerra ha sobrevivido ya sesenta y un años. Sin permitirse una pausa ni un desaliento. No es azar. Ni heroísmo. Tan sólo, la constancia del dato material básico: una sola ocasión de desaliento, una sola debilidad, una derrota, equivaldrían a su aniquilación. Pocas naciones del mundo, quizá ninguna, viven en tal certeza: vencer militarmente cada día -cada día-, o ser borrado del mapa. En 1947, Israel aceptó, sin condiciones, el mapa palestino de la ONU. En 1948, los ejércitos árabes emprendieron, en todas su fronteras, lo que se anunció iba a ser una rápida operación de limpieza. Israel, sin un ejército aún que mereciera tal nombre, movilizó en armas hasta el último de sus ciudadanos. Venció. Construyó un Estado libre y próspero, allá donde sus vecinos sólo fueron capaces de generar servidumbre y miseria. En 1967, Egipto, Siria, Jordania e Irak anunciaron llegado el momento de extirpar, por fin, el cáncer judío. Fue la «Guerra de los seis días». Dos años más tarde, los guerrilleros de la OLP eran masacrados por sus hermanos jordanos: las fotos de los hombres del Fatah cruzando el río para entregarse al Tsahal, como única alternativa a la ejecución in situ dictada por el rey Huseín, están en las hemerotecas. En 1973 Egipto intentó de nuevo la aventura; fue la ofensiva mejor planificada. Un veterano militar llamado Ariel Sharón salvó a Israel, con una operación de riesgo máximo al otro lado del Canal. Sadat firmó la paz en el 79. Pagó con su cabeza. Siguieron continuas escaramuzas. Seguirán. Mientras los dirigentes palestinos sigan considerando de más valor los fondos internacionales que se embolsan en oscuras cuentas suizas, que el sufrimiento espantoso de su pueblo. Arafat fijó en eso el paradigma. Las cuchilladas que, tras su muerte, cruzaron herederos familiares y políticos por el control del dinero personalmente acumulado por el hombre que rechazó de Clinton y de Barak la concesión del 97 por ciento del territorio palestino, moverían a colosal carcajada; si no hubiera detrás de ellas tanta sangre.


Israel exige fronteras. Estables. Como toda nación. Como casi ninguna, debe luchar cada mañana para conseguirlas. O aceptar la muerte. Es la excepción. Absoluta.



GABRIEL ALBIAC


Fonte: ABC


ENTRE ISLÁM Y RAZÓN

«¿NO conviene acaso reconocer que es, con frecuencia, la manipulación ideológica de la religión, a veces con fines políticos, el verdadero catalizador de las tensiones y divisiones e, incluso a veces, violencias de nuestra sociedad?». Inercias de un viejo historiador de la filosofía: las palabras de Benedicto XVI en Ammán disparan en mi cabeza un déjà vu: Baruch de Spinoza, 1670. Tractatus Theologico-Politicus: manifiesto a favor de la democracia de aquel Jan de Witt cuyo linchamiento, dos años más tarde, clausurará el esplendor holandés.


Prefacio: «Los turcos consideran sacrílego incluso discutir , y encadenan el juicio de cada cual bajo tantos prejuicios que ningún lugar dejan en el espíritu para la sana razón, ni siquiera para formular una duda». Turco es aquí, conforme a los usos del siglo XVII, sinónimo de musulmán. Y la estabilidad que el pensador judío atribuye al despotismo teocrático contrasta con la delicada fragilidad de esa sociedad libre sin la cual la Ética spinozana (ese punto de inflexión en el pensar moderno) jamás hubiera podido existido. Optimista aún en 1670, escéptico tras la derrota de los Witt. Tractatus Politicus: «Ningún Estado se ha mantenido tanto tiempo inamovible cuanto el de los turcos, y ninguno, a la inversa, ha sido menos duradero ni ha conocido más sediciones que los Estados democráticos».


¿Hay lugar para un Islam democrático? En Ammán, el Papa Benedicto XVI ha formulado un deseo: el de que «los musulmanes, que rinden culto al Dios creador del cielo y de la tierra y que ha hablado a la humanidad» puedan acotar, como parte de ese mensaje trascendente, el área de comunidad con la razón griega que, desde los años cincuenta, viene teorizando Ratzinger como la más alta herencia intelectual del cristianismo. Es lo que correspondía promover a un dirigente espiritual de sus responsabilidades. Con el rigor que no puede dejar de exigirse un teólogo de su excepcional talento: el que en 1960 escribe cómo «la síntesis realizada por los Padres de la Iglesia entre la fe bíblica y el espíritu heleno, como representante en aquel tiempo del espíritu filosófico en general, no sólo era legítima, sino necesaria»; y cómo, por ello, «la filosofía sigue siendo más bien, como tal, lo otro y lo propio, a lo que se refiere la fe para expresarse en ella como en lo otro y hacerse comprensible».


Pero, ¿hay lugar en el Islam para un discurso autónomo de la razón, para un fundamento no teocrático de la política? Parece muy difícil alentar esa esperanza. Porque la diferencia entre el Islam y los otros dos monoteísmos -y en eso la perspicacia de Spinoza es impecable- reside en la literalidad inalterable del Texto sagrado, que lo pone al abrigo de ese refinadísimo arte de la interpretación que forja por igual la tradición teológica judía y la cristiana. Y, con el veto «aun de la discusión» o «aun de la duda», con el veto de la primacía de la interrogación sobre lo repetido -que es lo específicamente definitorio de ese modo de pensar griego al cual llamamos filosofía-, la exclusión del otro. Sin ambigüedad alguna en el texto del Corán: «Combatid contra los defensores de Satán» (IV, 76). «Matad a los politeístas allá donde los halléis» (IX, 8). «No seréis vosotros quienes los habréis matado, será Dios» (VIII, 17). «Cuando encontréis a los incrédulos, golpeadlos en la nuca» (XLVII, 4)...


Todo lo humano se mueve, es cierto, en el arco dramático que va entre la realidad y el deseo. Para el que cree, el milagro podría tal vez armonizar ese arco. Para el que no, queda la fría constancia de que no todos los monoteísmos son iguales.



GABRIEL ALBIAC


Fonte: ABC

AHMADINEYAD VISITA AUSCHWITZ

Ginebra, anteayer. Sin sorpresa. El antisemitismo del «aliado civilizatorio» de Rodríguez Zapatero tiene la ventaja de no ocultarse. Ahmadineyad tendrá pronto armamento nuclear. Nadie podrá decir que no lo supo a tiempo. Pero en Ginebra se hizo escena anteayer una vergüenza adicional. La «Conferencia contra el Racismo» es otro de los habituales fraudes de la ONU. Financiada por los países democráticos, tal Conferencia no tiene otra función que la de exaltar a las dictaduras. Y llamar a la destrucción de los estúpidos infieles que pagan sus dispendios. La mayor concentración de dictadores por centímetro cuadrado del planeta se hace pagar por aquellos a cuyo degüello llama. Metáfora de nuestro mundo. Pero hay algo aún más desasosegante que la cobardía europea: la interiorización del veto islamista a contar la verdad.

Daré un ejemplo. Sólo. Ayer, en la casi totalidad de las agencias y medios de prensa, el pasaje crucial del discurso de Ahmadineyad era éste:

-«Después de la IIª Guerra Mundial, recurrieron a la agresión militar para convertir en desposeídos a una nación entera con el pretexto del sufrimiento de los judíos... Y enviaron a emigrantes desde Europa, Estados Unidos y otras partes del mundo para establecer un Gobierno totalmente racista en la Palestina ocupada. Y, de hecho, en compensación por las espantosas consecuencias del racismo en Europa, ayudaron a otorgar poder al régimen más cruel, represivo y racista en Palestina».

Fue lo que pronunció en persa Ahmadineyad. Hay un vacío, sin embargo. Éste es el texto completo de su discurso que Irán distribuyó en inglés a los participantes. Marco entre corchetes lo ausente:

-«Después de la IIª Guerra Mundial, recurrieron a la agresión militar para convertir en desposeídos a una nación entera con el pretexto del sufrimiento de los judíos ... Y enviaron a emigrantes desde Europa, Estados Unidos y otras partes del mundo para establecer un Gobierno totalmente racista en la Palestina ocupada. Y, de hecho, en compensación por las espantosas consecuencias del racismo en Europa, ayudaron a otorgar poder al régimen más cruel, represivo y racista en Palestina».

La versión «respetable», repetida por la prensa europea, muestra a un Ahmadineyad bárbaro. Normalmente bárbaro. Tanto cuanto deba serlo el dirigente de una teocracia islamista. En cuya lógica, desde luego, un régimen democrático como el israelí -pero también el de cualquiera de los países europeos que financiaron el derroche ginebrino- debe aparecer como el «régimen más cruel, represivo y racista».

El pasaje «censurado» -pero es quizá más una «autocensura» de la cursi conciencia europea que otra cosa-, el que se encuentra en el texto oficial pero del cual apenas nadie ha soltado prenda, es, sencillamente, un delito. Tipificado en buena parte de las legislaciones europeas. Y que, de ser éste un mundo moralmente presentable -ya sé que no lo es-, hubiera debido dar con los huesos del dictador iraní en la comisaría más cercana. Llamar «cuestión ambigua y dudosa» al Holocausto -en rigor verbal, a la Shoà, al exterminio de seis millones de judíos en el marco del programa hitleriano de hacer desaparecer de la faz de la tierra a una población entera, juzgada y condenada como «inhumana»- es cruzar la raya de lo inviolable. Y lo inviolable no tiene, en el límite, nada que ver con Israel, sino con la decisión moral de que nunca más a nadie le sea permitido dictar quién forma parte y quién no de la especie humana.

Y no hay aliado de un delincuente así que no quede, a su vez, envilecido. En lo esencial. Para siempre.


GABRIEL ALBIAC

Fonte: ABC

FAHRENHEIT EN LA ONU

Difamó Anaxágoras a los dioses de la adoptiva patria ateniense. ¡Qué ocurrencia, venir con aquello de que el sol era una piedra incandescente! Ni su discípulo Pericles pudo salvarlo. Anaxágoras huyó. No era de la madera heroica en la cual iba a estar tallado Sócrates. O era demasiado brillante para añorar raíces. «Una huida a tiempo revela igual firmeza que la lucha» -escribiría alguien tan inteligente como él mismo, casi mil doscientos años luego-; «o sea, que el hombre libre elige la huida con la misma firmeza o presencia de ánimo que el combate».


A Epicuro no le sucedió ya nada reseñable por difamar serenamente a aquellos mismos dioses.


Corrían tiempos vertiginosos, y las creencias del terruño se habían quedado un tanto provincianas. Así que constatar que «los dioses existirán tal vez, pero que en nada nos concierne su existencia o no a nosotros», no supuso apuro para el sabio que ejercía en el Jardín su elegancia distante y su austero sosiego frente a esa amenaza de la muerte que en nada nos concierne, porque «cuando ella está no estoy yo, y cuando estoy yo no está ella». Tito Lucrecio Caro rendiría homenaje, dos siglos y medio después, en el texto filosófico más bellamente escrito, a aquel maestro absoluto de la inteligencia, gracias al cual los hombres fueron libres.


Cuando, en la segunda mitad del siglo diecisiete, un «pequeño judío» se plantó -la versión es de Voltaire- ante el Dios bíblico para largarle, en el tono más educado, esta suave difamación: «mire, aquí entre nosotros, tengo la impresión de que usted no existe», de lo único de lo que tuvo que cuidarse fue de seguir ganándose la vida como reputado óptico. Vivía en un pequeño paraíso, es cierto. Sin equivalente en la Europa de su tiempo. Jean de la Cour acrisoló la hipótesis que erigía en única la libertad de Ámsterdam y de las Repúblicas Unidas en los años maravillosos (que acabarían mal) de Jan de Witt: «el comercio requiere libertad, la libertad de religión es el mejor medio para atraer y conservar a los extranjeros».


Hacia 1636 un poeta excelso (el más grande, o, en todo caso, uno de los dos más grandes de la lengua española, el otro fue su mayor enemigo) difama al monoteísmo que precede al suyo propio: La isla de los monopantos inaugura lo más cruel de la literatura anti-judía moderna. Seguimos publicándola en exquisitas ediciones académicas. Como es de estricta justicia. A un difamador abominable de ese mismo judaísmo, y músico francamente insufrible, el ridículo de cuya retórica fuera diseccionado por Friedrich Nietzsche, nos lo seguimos embaulando dos o tres veces al año en el Real. Bien está: hay gente a la que le gusta eso. Como seguimos editando los Cantos de Maldoror, que para mí son uno de los textos más prodigiosos de los últimos siglos, pero que para más de uno serán, con todo motivo, uno de los más imperdonablemente blasfemos. Y, sin perdernos en más detalles, ¿qué quedaría de la literatura de entreguerras, si de ella fueran depuradas las obras difamatorias contra una u otra fe religiosa?


¿Que qué quedaría? Nada. Exactamente lo que el relator de las Naciones Unidas, un senegalés llamado Doudou Di_ne, ha decretado, en nombre de la venerable Organización Universal de Dictaduras, que quede del mundo contemporáneo: «la lucha contra la discriminación religiosa requiere un enfoque categórico centrado en la prevención de la difamación de las religiones». Tal, la tesis que discutirá hoy la cosa de Ginebra «contra el racismo». Las grandes bibliotecas europeas pueden ir preparando su auto de fe. Necesitarán un montón de combustible. ¿Incluirán el Fahrenheit 451 de Ray Bradbury?



GABRIEL ALBIAC


UN RENTABLE FASCISMO


Podría hasta inspirar piedad la imagen. Si hubiéramos perdido la memoria. Y nada viéramos en el voluminoso anciano que balbucea en Estrasburgo [ver vídeo abaixo], salvo el devastador efecto de la senilidad: «Me he limitado a decir que las cámaras de gas fueron tan sólo un detalle en la historia de la segunda guerra mundial».

Podría inspirar piedad. La misma que podría inspirar la foto aquella de Rodríguez Zapatero envuelto en la blanquinegra cofia palestina. Piedad por lo senil del uno. Por lo pueril del otro. Pero el senil será próximo presidente de edad del Parlamento Europeo. Pero el pueril, va ya para cinco años que preside este al cual llamamos un país adulto. Y no hay piedad que pueda sobreponerse a la defensa de la dignidad democrática frente al fascismo.

Porque es fascismo, en el rigor del concepto, hacer de la Shoá uno más de los desastres de la guerra. «Un detalle», balbucea en la pantalla el viejo dinosaurio Jean-Marie Le Pen. Intercambiable con otros de dimensión idéntica, dicen sus paradójicos émulos españoles. ¡Jodida pertinacia de la memoria! Abril de 2002.

Yenín. A la alharaca de la vieja judeofobia se suma en masa el humanitarismo socialista: ningún pudor impide a las buenas gentes del PSOE proclamar el «genocidio», bautizar a Yenín de «Auschwitz» de nuestro tiempo, o, como mínimo, de nuestro contemporáneo «Ghetto de Varsovia». A principios de mayo, Human Rights Watch, ONG poco sospechosa de simpatías israelíes, estaba ya en condiciones de dar el balance: 52 bajas palestinas, 23 israelíes. A eso habían llamado partido socialista, prensa, intelectuales, comediantes españoles un «genocidio», un «nuevo Auschwitz», un «Ghetto de Varsovia».

¿Qué es, en rigor, «fascismo»? La forma nacional del socialismo. Como tal lo concibe, y con tal contenido le da nombre, un dirigente socialista en conflicto con sus colegas italianos, Benito Mussolini. Y, en aún más inequívoca literalidad, de esa amalgama hace nombre para su partido el fundador de su exterminadora variación centroeuropea. Y, con demasiada frecuencia, olvidamos -porque es, ¿a qué ocultarlo?, de lo más doloroso hacer frente a ciertas cosas- que «nazi» no es sino apócope de un Nationalsozialismus que no admite otra traducción castellana que no sea la de «socialismo nacional». En el proyecto de su fundadores, la solidez del proyecto está asentada sobre la primordial fuerza unificadora de la irracionalidad afectiva. Es por ello la forja de grandilocuentes mitologías la que prima, inauguralmente en Mussolini, después y con más eficacia en Hitler. Y no hay mitología tan potente como la del monstruoso enemigo intemporalmente al acecho. Frente a lo demoníaco en estado puro, la patria erige su acorazado búnker en torno al guía, al conductor, al Führer.

Y el monstruo intemporal está al alcance de la mano; Hitler no ha tenido más que recuperarlo de los relatos europeos más viejos; también de las más brutales mitologías socialistas de finales del siglo XIX. El monstruo tiene nombre: el deicida, el judío, que es ahora el plutócrata corruptor del puro espíritu social de Europa. La abrupta originalidad del socialismo nacional centroeuropeo consistirá en pasar al acto: aniquilar a lo previamente erigido en antihumano. Seis millones de indiscriminados asesinatos. No de bajas en combate: seis millones de asesinatos a sangre fría. Y un proyecto: borrar la enfermedad judía del mundo. «Un detalle tan sólo» de la Segunda Guerra mundial, según Le Pen. Un avatar idéntico a los 52 muertos en los combates de Yenín. Un presente que da asco. El del rentable fascismo. Con cofia blanquinegra.


GABRIEL ALBIAC


EL ENVITE


Dos manifestaciones coincidieron el sábado último en España. Una, en Bilbao, homenajeaba a Txeroki frente a la desproporcionada actuación de las fuerzas policiales hispano-francesas. Otra, en Madrid, homenajeaba a Hamas frente a la desproporcionada actuación de las fuerzas militares israelíes. Una idéntica certeza subyace a ambas: que cualquier forma de terror, no sólo es legítima, sino que además debe salir gratis; que defender la democracia es un crimen. Analizar en frío el envite de la partida abierta en Gaza, puede que no complazca a nadie. Hagámoslo. Israel devolvió Cisjordania y Gaza a la Autoridad Palestina en septiembre de 2005. Sin contrapartida. No fue fácil. Desde 1967, los asentamientos judíos en esas zonas ocupadas eran muy importantes; más que en lo material, en lo simbólico. El desalojo militar de los colonos fue, sin duda, la operación más amarga llevada jamás a cabo por el Tsahal, un ejército que, desde sus orígenes, fue forjado como estricto brazo armado del pueblo israelí. Si el Israel de Ariel Sharon asumió ese coste moral y político altísimo, fue en el marco de una hipótesis verosímil: la forja, junto a la OLP de Mahmud Abbas, de un tratado de paz que fijase las fronteras definitivas entre dos naciones, Israel y Palestina, que, más allá de rencores difícilmente curables, mantuvieran el sencillo equilibrio de los mutuos intereses materiales. Así fue entre Israel y Egipto tras el tratado de paz de septiembre de 1978. Aunque ello supusiera, tres años después, el asesinato de Anwar Al Sadat. El golpe de Estado de Hamas en Gaza, propiciado por Irán en junio de 2007, dio al traste con el proyecto. Tras una fulgurante matanza de milicianos del Fatah a manos islamistas (sin, por cierto, conmover en nada a los guapos chicos y chicas de la ceja), el Estado palestino quedó dividido en dos: en Cisjordania, la OLP prosiguió -aunque más en sordina- la hipótesis negociadora; en Gaza, Irán desplegó el proyecto de hacer de Hamas un segundo Hezbolah. La soberanía fronteriza egipcia fue violada por una tupida red de túneles clandestinos, a través de los cuales llegaban los suministros iraníes imprescindibles para bombardear el territorio israelí. Ocupar de nuevo Gaza va contra los intereses de Israel. Que son muy claros: restablecer en Palestina unas condiciones políticas que permitan retornar a la casilla de negociación que precede a la toma del poder por Hamas y al exterminio de la OLP en la franja. De la victoria o no en la zona pende, por supuesto, la seguridad de Israel. Penden, en idéntica medida, las de la Autoridad Palestina y Egipto. La primera, porque sólo la quiebra de los islamistas en su feudo posibilitará la toma del control de Mahmud Abbas sobre su territorio y la posibilidad de hacer de él una nación de pleno derecho. En cuanto a Egipto, el riesgo de contaminación islamista es demasiado alto para un país que ve crecer, día tras día, el peso de sus yihadistas «Hermanos Musulmanes». Y detrás está Irán. Y la certeza de que sólo la caída de la teocracia de los ayatolahs crearía las condiciones para unas fronteras estables en el Cercano Oriente.

SÓLO ISRAEL


En tres minutos y treinta y seis segundos, la aviación israelí aniquiló la práctica totalidad de los cuarteles de Hamas en Gaza. Dio muerte a un número no menor de trescientos milicianos de uniforme. Eliminó a varios jefes militares enemigos. Sin apenas producir bajas civiles. En un espacio mínimo, como lo es la franja de Gaza, demográficamente atestado y en el cual la continuidad entre edificios civiles y militares es absoluta y el uso de la población como escudo humano práctica estable, la operación era de dificultad extrema. No hay en el mundo un ejército, que no sea el israelí, dispuesto a asumir los costes de una acción selectiva tan complicada. Cuando las fuerzas de la Unión Europea y de los Estados Unidos apostaron por intervenir militarmente en la antigua Yugoslavia, tomaron la solución más rápida, más económica y de mayor eficacia: aniquilar indiferenciadamente a la más alta cifra posible de población serbia. Sin distinciones. No hubo objetivos específicamente militares. De lo que se trataba era de forzar una reacción de pánico en la ciudadanía que llevara al derrocamiento del régimen de Belgrado. Cuanto más alta fuera la conciencia de indefensión de los habitantes de las ciudades y más infalible la certeza de ser blanco seguro de las bombas, más rápido sería el vuelco político. A los gobiernos europeos -sin excepción- les pareció estupendo. Tanto más, cuanto que el coste en combustible y proyectiles corría a cargo exclusivo de los americanos. Y ni un solo soldado de la Unión Europea iba a correr un átomo de riesgo. Beneficio puro. No hay humanitarismo que sobreviva a un tal sentido de lo rentable. Lo que hace diferente al ejército israelí de cualquier otro ejército del mundo es precisamente la primacía, en el cálculo de costes, de ciertos principios fundacionales del Estado de Israel: la neta distinción entre combatientes y no combatientes en el campo enemigo. Es su más alta fuerza moral. Y su debilidad más alta. Algo que sus enemigos han sabido -y es lógico que así sea- utilizar siempre. Los arsenales palestinos se almacenan en los sótanos de escuelas y hospitales. Los cuarteles de mando terroristas están instalados en bloques de viviendas saturados de habitantes. Los caudillos militares islamistas se desplazan rodeados de sus proles infantiles como de una inviolable garantía. Los bien armados milicianos que disparan contra el ejército israelí se pertrechan sistemáticamente tras los críos que lanzan épicas piedras contra los tanques. Es la lógica terrible de un conflicto desigual: el que enfrenta al ejército de uno de los países más democráticos del planeta con la guerrilla teocrática más refractaria, no ya a la democracia, a cualquier forma de sociedad moderna. En tres minutos y treinta y seis segundos, la aviación israelí aniquiló la práctica totalidad de los cuarteles de Hamas en Gaza, dio muerte a un número no menor de trescientos milicianos de uniforme, eliminó a varios jefes militares enemigos. ¿A alguien se le pasa por la cabeza cómo hubieran sido las cosas si Israel se hubiera planteado una estrategia similar a la europea en Yugoslavia?


GABRIEL ALBIAC


[Fonte: "La Razón", 31/12/2008]