El Comité para el Ejercicio Inalienable de los Derechos del Pueblo Palestino, una de las estrambóticas agencias de la ONU dedicadas exclusivamente a demonizar al Estado judío, concluyó su convención el pasado 10 de junio en Indonesia. Además de los palestinos, no existe otro pueblo en el mundo para defender cuyos derechos la ONU haya creado comités especiales. Paralelamente, no existe otro Estado, salvo el judío, cuyo nacimiento sea lamentado anualmente por el organismo internacional.
En efecto, uno de los parámetros más elocuentes para detectar la presencia de judeofobia es la obsesión contra un solo país, cuyos logros son soslayados y defectos magnificados, un solo país, y nada más que uno, que es enseñado como una tragedia general.
El judeófobo es tan inconsciente de su odio, que no repara en que está hipnotizado contra Israel, con la virtual exclusión de cualquier violación de derechos humanos que no sea atribuible a la nación hebrea. Así erosiona precisamente la labor de la ONU, cuyos recursos podrían destinarse, aunque sea parcialmente, a proteger los pisoteados derechos de mujeres y hombres en el mundo árabe-musulmán.
Como era esperable, en Indonesia se ensalzó a organizaciones financiadas por la Unión Europea como Miftah e Ir-Amim, cuyo objeto es presentar a la sociedad israelí como un «apartheid» y exigir su boicot. Así lo hizo Sonja Karkar, la delegada australiana de Mujeres para Palestina.
En otro artículo señalamos la mentada obsesión como uno de los tres criterios (junto con la coprolalia y el maniqueísmo) que nos posibilitan reconocer la judeofobia ínsita en muchos reclamos, aun de los que se ufanan de ser meramente críticos de un aspecto de Israel.
Y en una nota aún anterior, titulada «Cleptohistoria y cleptograma», abordamos el modo en que la judeofobia, para negar al pueblo judío de su derecho a la autodefensa, lo despoja tanto de su historia como del léxico que ésta ha producido para caracterizarse.
Un incidente ocurrido en Barcelona el 13 marzo pasado podría haber servido de ejemplo simultáneo de casi todas estas facetas judeofóbicas. En esa fecha se presentó ante la Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña una querella criminal contra Pilar Rahola.
La lectura de la querella permite descubrir un curioso silogismo: 1) se define a Israel como «genocida», 2) se determina que quien disiente de esa definición «niega la gravedad de sus acciones», y 3) se pide prisión para quien defienda a Israel.
Finalmente, basándose en cuatro artículos de Pilar Rahola publicados durante enero pasado en el diario La Vanguardia, los querellantes concluyen que Pilar debe ir a la cárcel.
El atropello surrealista fue firmado por unos sesenta catalanes, cuyos cabecillas son los judeófobos Josep Mª Navarro Cantero (presidente de una organización llamada SODEPAU que condona el terrorismo árabe) y Quim Fornés Salillas (quien a pesar de formar parte de un grupo laico y plural se ensaña contra el único país laico y plural del Oriente Medio, y a pesar de ser portavoz del partido ecologista ICV ataca al país mesooriental que ha transformado al desierto en un jardín).
Que la Justicia desechara expeditamente el ardid judeofóbico, y así la valiente Pilar pudo desechar este nuevo acoso a su persona) no lo hace menos interesante para el análisis (me sentí tentado de incluirlo en la bibliografía de mi último curso sobre judeofobia, impartido justamente en la Universidad de Barcelona).
La demanda del presidente de SODEPAU es, ante todo, negacionista del Holocausto. Aunque no esgrime que los judíos no fueran asesinados, banaliza dicho genocidio hasta su irrelevancia. Los querellantes aducen un «extraordinario paralelismo» entre el exterminio sistemático y premeditado de seis millones de judíos por un lado y, por el otro, los centenares de palestinos muertos durante la última de las guerras que lanzaron contra Israel.
El paso siguiente del libelo es embriagarse en el lodo de sus propios argumentos. El bochornoso «paralelo» pasa a resultar insuficiente: «no sólo hay paralelismo, sino que la actuación de Israel es idéntica a la del Tercer Reich» (sic) y, en un tercer nivel el odio termina por desbordarlos cuando concluyen que, de las dos, la primera es aun más grave.
La aplicación de los tres criterios mencionados es eficaz para detectar la judeofobia de la banda de Navarro Cantero: su obsesión contra el judío de los países (el único cuyas acciones en guerra son monitoreadas con lupa), su coprolalia (hay un solo Estado cuyas acciones son recurrentemente tildadas de «nazis» y «apartheid»), y su maniqueísmo (los palestinos nunca agreden y jamás cometen excesos –siempre son las inmaculadas víctimas del diabólico impulso de Israel).
Adicionalmente, se deduce de la frustrada demanda judicial el cleptograma, ya que intentan que «negacionista» no sea quien niegue el Holocausto, sino quien defienda al país de las víctimas del mismo. No se ofuscan contra neonazis como David Irving, sino contra demócratas como Pilar Rahola.
Finalmente, Navarro Cantero hace gala de cleptohistoria cuando alude a «las historias milenarias de los pueblos judío y palestino». Obviamente, no podría proveer un solo ejemplo de la supuesta «historia milenaria» de los palestinos, y ésta es la raíz de su mentira.Nunca hubo un Estado palestino árabe, y hasta 1920 los únicos palestinos eran los hebreos. Si Cantero quisiera enterarse, podría consultar en Internet la enciclopedia judaica de 1906, en la que los «arqueólogos palestinos, rabinos palestinos y profesores palestinos», son todos judíos de la Tierra de Israel. Hasta 1920, sólo a los hebreos se aplicaba el gentilicio: Fondo Nacional Palestino, Orquesta Filarmónica Palestina, diario Palestine Post –todos judíos. La brigada israelita que combatió a los franquistas se denominaba Brigada Palestina. No hablaban árabe sino hebreo. Como la que combatió en el ejército británico durante la Segunda Guerra, bajo el nombre de Brigada Palestina de Voluntarios Judíos. Pero Cantero no quiere enterarse sino denigrar.
Prefiere ignorar que no hablaban de «palestinos» ni siquiera las dos más importantes decisiones de la ONU sobre el asunto. Una (la 181, del 29 de noviembre de 1947) recomienda dividir el territorio en dos Estados, y otra (la 242, del 22 de noviembre de 1967) pide de Israel que se retire de territorios. La primera habla de «árabes» y la segunda de «refugiados» –no de palestinos. Curiosamente, antes de la Guerra de los Seis Días (1967) no hubo entre los árabes un movimiento serio para crear una patria palestina.
Los árabes no se autodefinían como palestinos porque no aspiraban a la independencia de esta tierra, que nunca había sido independiente salvo bajo gobierno hebreo. Sólo durante la segunda mitad del siglo XX la voz palestinos sufrió su enorme metamorfosis semántica. Una que no les quita derechos a un Estado propio, pero tampoco les da exclusividad de derechos históricos como pretenden.
En una especie de final feliz para la agresión contra Pilar Rahola, el pasado 26 de junio esta admirable mujer recibió una distinción del Presidente de la Universidad de Tel Aviv, ante una audiencia de unas mil quinientas personas que incluía al embajador de España en Israel.
Lamentablemente, éste, lejos de sumarse al júbilo por el merecido premio, optó por reprocharle a Pilar Rahola que «hable mal de su país en el exterior». Llama la atención en un diplomático que confunda políticas partidistas con «su país». Pilar denuncia la hipocresía de la judeofobia de ciertos españoles, muchos de ellos funcionarios gubernamentales. Esa denuncia, precisamente, es un timbre de honor para España.
GUSTAVO D. PEREDNIK
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Cuando Hamás ganó las elecciones en Gaza (25-1-06) se habló de «tsnumani político». Israel pasaba a vivir con «Ben Laden a unas cuadras» y la paz se hacía imposible.
Lo cierto es esa victoria señaló simplemente que los representantes del odio habían sido previsiblemente reemplazados. Durante el tiempo en que
Ello es así, porque los palestinos seguían viviendo en una sociedad opresiva, y en éstas el fanatismo requiere de una constante válvula de escape. Denominar a ese procedimiento «elecciones», es una de las torpezas de los medios occidentales. No hubo ni hay en Gaza democracia, como no la hay en Siria a pesar de sus «elecciones» con única lista, ni la habrá Irán a pesar de los comicios del 12 de junio.
Al respecto, los medios soslayan que para ser candidato en Irán no basta con ser musulmán: hay que abstenerse de criticar el sistema islamista. Sólo así se logra la aprobación del Consejo Guardián -los doce teócratas que designan a los candidatos permitidos. El Consejo –liderado por el sucesor de Jomeini, Alí Jamenei– bloquea todas las candidaturas femeninas y aprueba a alrededor del diez por ciento de los candidatos masculinos (este año, 476 de 3272). La prensa suele elevar a esa farsa al pedestal de "elección", y a algunos de los candidatos al estatus de "moderados".
Que en alguna sociedad se vote no la transforma en democrática, ya que puede votarse en un marco de temor y opresión. La democracia implica pluralidad de ideas y respeto a las minorías. Sólo así puede reconocerse la voluntad popular. Por medio del voto, tanto el emitido con las manos (por las urnas) como con los pies (por la acción). El comportamiento de la gente habla mucho más audiblemente que su pasivo sometimiento a las bravatas de sus impuestos líderes.
La podología (podo en griego es «pie») es la ciencia que estudia al pié; la podocracia es la verdadera voluntad de la gente, reflejada en sus pies y no en sus bocas –en sus actos y no en sus palabras. Así, resulta harto elocuente la revisión de la podocracia palestina.
Uno de sus líderes, Faisal Husseini (m. 2001) advertía que "adoptar ciudadanía israelí constituye una traición» que sería penada con la exclusión del Estado palestino. Airadamente, Husseini amenazó en la radio palestina que «a los árabes de Jerusalén que adopten la ciudadanía israelí, se les confiscarán sus hogares».
Los árabes hierosolimitanos aplaudieron enfervorizados, pero no se inmutaron, y siguieron solicitando (hasta hoy en día) ser israelíes.
Fadal Tahabub, miembro del consejo nacional palestino, estimó que el 70 por ciento de los 200.000 residentes árabes de Jerusalén prefieren la soberanía israelí a la árabe. Cuando a los palestinos se les da a elegir entre vivir «oprimidos bajo el enemigo sionista» y «ser libres» bajo el gobierno palestino que prohíbe protestar y «desviarse», y reprime la libertad de conciencia y de expresión, prefieren decididamente la primera opción, aunque en público prosigan despotricando contra ella.
Culpable incurable
Umm el-Fahem, cercana a Haifa, es la mayor ciudad musulmana de Israel. Su gobierno, elegido bajo el amparo de la democracia israelí, está en manos del partido mayoritario en la zona –el Movimiento Islámico. Podría esperarse que su líder y alcalde, Hashim Abd ar-Rahman, bregara por convertir a su ciudad en parte de un Estado islámico árabe. No es así: «a pesar de la discriminación y la injusticia que afrontan los ciudadanos árabes –admite ar-Rahman– la democracia y la justicia en Israel son mejores que la democracia y la justicia en países árabes e islámicos". Ningún medio de prensa europeo se hace eco de tamaña sinceridad.
Precisamente, cuando uno de los partidos gobernantes de Israel, «Israel Beteinu», del canciller Avigdor Lieberman, propuso que parte de los territorios de
El más conocido árabe del Parlamento israelí (Knéset), Ahmed Tibi, quien fuera otrora nada menos que Consejero de Arafat para Asuntos Israelíes, tildó a la sugerencia de traspasar territorios israelíes a
La intranquilidad de los árabes llegó a tal punto, que el presidente de
Este síndrome, habitual entre los palestinos en general, es patente con los sectores más brutalmente oprimidos de sus sociedades. Así, trescientos palestinos homosexuales, se han refugiado en Israel, huyendo de
Nabil Gheit, quien vitorea al «mártir Saddam Hussein», no se limita a admitir meramente que en su ciudad, Ras Khamis, cerca de Jerusalén, nadie quiere ser parte de
Las encuestas (incluso la del diario árabe nazareno As-Sennara) son contundentes. Ante la pregunta a los palestinos de si prefieren ser ciudadanos de Israel o del futuro Estado palestino, sólo el 14 % se inclina por la segunda opción.
Cuando se menciona la posibilidad de transferir al eventual Estado palestino el «triángulo» (una zona poblada por 200.000 árabes en
En suma, lo que la gente dice es irrelevante frente a la contundencia de sus actos. El régimen del camboyano Pol Pot, bajo el cual fueron muertos un millón y medio de camboyanos (la cuarta parte de la población del país), se propuso sádicamente que uno de sus oponentes, Hu Nim, confesara en el centro de torturas Tuol Sleng «no ser humano, sino un animal». Y lo logró.
Las ocasiones en que la podocracia palestina se expresa, lo hace a favor de permanecer bajo la ley israelí. Así fue tanto en 1996 como en 2005, cuando rechazaron votar en las elecciones de
De este modo, el Estado hebreo termina siendo culpable cuando desea gobernar a los palestinos (por «la ocupación») y culpable cuando desea no gobernarlos (por «racista»).
GUSTAVO D. PEREDNIK
Junho 2009
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De la igualdad de las razas humanas (1885), del antropólogo haitiano Anténor Firmin, es una obra pionera en la refutación de las tesis racistas, que deberían seguir objetándose por medio de permanentes iniciativas educativas.
Sin embargo, la benignidad de esa alerta pasaría a ser estupidez, si exagerásemos el problema y dejásemos que el racismo sea presentado como la primera prioridad en el mundo Occidental contemporáneo: el de las legislaciones antirracistas y de Barack Obama, de la impopularidad de la discriminación y de Condoleezza Rice.
El racismo como prejuicio es tan antiguo como la civilización; incluso Platón y Aristóteles arguyeron que los griegos habían nacido para ser libres, mientras los bárbaros eran esclavos naturales. La tradición antirracista, por su parte, fue una contribución judía difundida por el cristianismo. Su primer ejemplo puede hallarse en el Talmud, que explica que Adán fue el único ancestro humano para que nadie pueda jamás atribuir superioridad a sus antepasados.
Desde entonces, un saludable recorrido histórico quitó respetabilidad a quienes endilgaran a las diferencias físicas entre los seres humanos jerarquías intelectuales y morales, como lo hicieran, al promediar el siglo XIX, el filósofo francés Joseph de Gobineau (Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas) y el médico norteamericano Joshiah Nott (Tipos de humanidad o Investigación Etnológica). En estos textos se popularizó la teoría poligenista sobre variados orígenes para diversas razas humanas, que eventualmente fuera citada y refutada por Charles Darwin, quien afirmó la homogeneidad genética de la raza humana.
La impugnación del racismo se viene consolidando y, aunque quedan de él trasnochados resabios en el mundo actual, éstos son mucho menos graves que otras violencias sociales acuciantes: el maltrato a la mujer, el castigo por medio de flagelaciones, amputaciones y decapitaciones, la privación de libertad de conciencia y de expresión, la esclavitud, las dictaduras.
El hecho de que estas lacras pervivan mayormente bajo los regímenes árabe-musulmanes, traba al mundo Occidental en su posibilidad de denunciarlas –precisamente por temor a caer en el estigma del racismo.
El temor es infundado, pero persiste. Es infundado, porque la reprobación del totalitarismo no tiene nada que ver con genética ni con antropología, sino con cuestiones políticas y culturales. El rezago de los árabes no se debe a su origen sino a su sojuzgamiento.
Y persiste, porque para evitar ser condenados, los peores violadores de los derechos humanos en el siglo XXI, vociferan sin pausa que quienes los denuncian son racistas.
Un ejemplo reciente se produjo hace un mes durante
El venezolano Chávez salió en defensa de Bashir, y adujo que la acusación contra el sudanés se debe a que… es negro.
Además de risible (ya que las víctimas de Bashir no son precisamente pelirrojas), el argumento es patéticamente racista, porque deja a las personas de color automáticamente exoneradas de todo crimen que pudieran cometer. (Cabe reparar en que también los negros pueden ser racistas, como ejemplifican Malcolm X o Louis Farrakhan).
Otro abuso semántico se lee en algunos medios de prensa que, habituados a denostar a Israel, encontraron una nueva forma de hacerlo denominando «racista» al Ministro hebreo de Exteriores. Ello, a pesar de que no hay expresión de Avigdor Lieberman que justifique tal insulto. Lieberman declaró «estar dispuesto a abandonar su propio hogar en aras de un acuerdo de paz con los palestinos», que Israel debería entregar a
El secuestro de las causas nobles
El síndrome del abuso lingüístico se reitera una y otra vez en los foros internacionales, y genera la parálisis de quien debería, con toda justicia, promover los derechos humanos sin complejos. Así, los regímenes que más se parecen al fascismo suelen acusar de «fascistas» a las democracias occidentales, y de ese modo generan una especie de escudo dialéctico que coloca a sus oponentes en el ubicuo banquillo de los acusados. Y los fascistas verdaderos festejan la reversión semántica.
Así, Ahmadineyad, quien invitó al Ku Klux Klan a un congreso de Negación del Holocausto, fue el orador central (20-4-09) del encuentro contra el racismo patrocinado por
Cuando se llevan a cabo convenciones sobre los derechos de la mujer, en las que deberían combatirse los asesinatos «por honor familiar», la venta de niñas en «casamientos», la prostitución infantil, la clitoridectomía, la poligamia, la permisividad del Estado ante las golpizas a las esposas, irrumpirán en la ocasión los delegados de ayatolás y jeques para tapar la defensa de la mujer con diatribas contra «las atrocidades sionistas contra las niñas palestinas».
Del mismo modo, cuando se concreten iniciativas para proteger a los niños, en las que bien podría denunciarse el oprobioso fenómeno de los camelleros y de la venta de párvulos, estas denuncias terminarán ahogadas por los voceros de los regímenes más atroces, que estridentemente acusarán a Israel de «matar niños palestinos».
Los demócratas rehúyen a plantarse gallardamente, a veces porque sienten que deberán evitar el racismo y otros vicios similares, sobre todo desde que
Esta pusilanimidad descansa en la incorrecta suposición de que el racismo tiene algo que ver en el asunto.
Los mentados racistas (Platón, Gobineau o Nott) estaban muy equivocados, pero no eran sádicos. El sadismo, característico del nazismo, no se relaciona con el supuesto «racismo» de la «ideología», sino con su fanatismo y su judeofobia.
Llamar «racista» al nazi es otro modo de desjudaizar el Holocausto. Sólo en lo que concernía a los judíos fueron los nazis consistentemente «racistas», aun cuando, precisamente, los judíos no constituyen raza alguna.
Los principales aliados del Tercer Reich fueron Italia y Japón, pueblos supuestamente «inferiores», uno por latino y otro por oriental. Y adicionalmente se les adhirió otro pueblo supuestamente «semita» –los árabes. Cuando el líder de los árabes palestinos, Hajj Amin Al-Husseini, en mayo de 1943 visitó al jerarca nazi Alfred Rosenberg, éste le prometió que se daría instrucciones a la prensa para limitar el uso de la voz «antisemitismo» porque sonaba al oído como si incluyera el mundo árabe, que era mayormente germanófilo. Husseini participó del golpe pronazi en Irak en 1941, y residió en Alemania por el resto de la guerra. Reclutó a los voluntarios musulmanes para el ejército alemán y exhortaba al Reich a extender la «solución final a Palestina».
El hecho es que el odio nazi se focalizó en los judíos con la virtual exclusión de toda otra «raza» (incluidos los gitanos que, si bien fueron asesinados en masa, en la visión de los nazis no pasaron de ser marginales).
El descuido racial del nazismo se ve con la mera observación de las fotos del oscuro Hitler, el obeso Goering, el diminuto Goebbels y toda la morralla, pésima representante étnica del hombre boreal. Pocos cabecillas nazis podían ofrecer su retrato como ilustración para un manual de racismo alemán. Tanta muerte y desolación, tanta guerra y cámara de gas en nombre de la raza, pero no había raza. Había la codiciada posibilidad de torturar gratuitamente.
Las leyes de Nürenberg (1935) vinieron a excluir al judío de la sociedad, pero jamás pudieron ofrecer una definición racial del judío –sencillamente porque no la hay. Hermann Goering llegó a designar oficiales sin «credenciales arias». Su principal socio en la creación de
Incluso Hitler cayó ocasionalmente en ese oportunismo, lo que muestra una vez más que el nazismo no era una «ideología» sino un mero frenesí atropellador. Durante las elecciones presidenciales del 13 de marzo de 1932, el candidato Theodor Duestenberg fue denunciado por círculos nazis por «tener un abuelo judío». Hitler eventualmente le envió sus disculpas por la difamación, pero en cuanto Duestenberg perdió valor político, el Führer volvió a hacer correr los datos de su «impureza racial».
No fue debido al racismo que los nazis odiaban a los judíos, sino al revés: para ejercer su loca judeofobia utilizaron argumentos racistas. No fue para adquirir poder que los nazis atacaron al «chivo expiatorio» judío, sino por el contrario, según escribiera Hitler en su diario, en abril de 1945: «Por encima de todo, encargo al gobierno y al pueblo a resistir sin misericordia al envenenador de todas las naciones, el judío internacional».
Hoy, sus herederos se llenan la boca de atacar al sionismo, pero el ardid ya fue dirimido por uno de los máximos luchadores contra el racismo, Martin Luther King: «dicen que critican al sionismo, pero se refieren a los judíos».
La lucha contra el racismo ha sido secuestrada por los más virulentos violadores de los derechos humanos, y por ello una convención reunida en Ginebra para promover el antirracismo, pudo ser utilizada para promover las metas del extremismo islamista: tachar a las democracias occidentales de «fascistas», incitar a la destrucción de Israel, anhelar la charía con sus penas de latigazos, apedreamientos y mutilaciones. Y quien ose objetarlos, que sea tildado de racista, y a otro tema.
GISTAVO D. PEREDNIK
Fonte: El Catoblepas
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La identificación con el más débil, desprovista de un análisis de contexto, responde a un criterio de dudosa moralidad. Uno que, a la larga, puede generar la violencia injustificada de aquellos débiles que se vean estimulados por la aprobación automática de la que gozan.
En el caso de la guerra contra Israel, no se trata meramente de una inmoralidad, sino de un falso pretexto para continuar denigrando al Estado hebreo.
Hace unas semanas (16-3-09) tuvo lugar en Madrid un encuentro de blogueros con el embajador de Israel. Durante el evento, el empresario y político Luis Solana (hermano de quien representa la política exterior de la Unión Europea) expresó patentemente un prejuicio muy generalizado: «En Europa, el fuerte genera siempre sospechas. Los europeos estamos orgullosos de inclinarnos primero del lado del débil».
En efecto, esa repetida quimera ha contribuido a que los europeos se perciban a sí mismos, frecuentemente, como muy morales. La historia colonialista de Europa podría constituir por sí sola un mentís a tal orgullo, si no fuera porque abundan los ejemplos contemporáneos que lo descalifican más rotundamente.
Que la inclinación europea por el débil es falsa, podrían atestiguarlo por ejemplo los chechenos, que han cobrado más de cincuenta mil vidas en su lucha por independizar a un pequeño enclave en el Cáucaso. No han despertado simpatía europea, pese a que pelean contra el país más vasto del planeta. O el Líbano, que fue abandonado frente a Siria mientras la tiranía alauita engullía a lo que fue otrora la única democracia del mundo árabe. Podría agregarse a los tamiles, los cachemiros, los ibos, los aimaras, los timorenses… la lista es extensa y elocuente.
Conste que en ninguno de los casos aludidos juzgamos aquí quién tiene razón en sus respectivos conflictos. Simplemente señalamos que, a los europeos, los débiles les tienen sin cuidado. La mayoría de ellos tampoco ve con simpatía a ETA, pese a que es más débil que España, ya que en este caso entienden la malignidad de los métodos y la desproporción o injusticia de la causa.
Estos parámetros brillan por su ausencia en el momento de evaluar a Israel.
Al insinuar que Israel es el fuerte en la guerra que se le ha impuesto para sobrevivir, se confunde y se miente al mismo tiempo.
La confusión deriva de que, en los conflictos, es humano y noble identificarnos con el agredido –no con el débil. Si un grupo andorrano pusiera bombas en mesones de Madrid, lo sensato sería identificarse con España, no con Andorra, cualesquiera fueran las motivaciones del agresor.
Y se miente, porque la calificación de Israel como el más fuerte saltea los tres argumentos siguientes:
1) Israel cabe quinientas veces en los territorios de sus vecinos, y carece de los recursos naturales de los que éstos disponen. Los regímenes árabes pregonaron por décadas su meta de destruir Israel, y actuaron en consecuencia.
Con el criterio de Solana, deberíamos suponer que los europeos se identifican con Israel ante Irán. Sesenta veces más pequeño que éste, y carente de su petróleo, el judío de los países debe enfrentar las amenazas de los ayatolás, y los morteros que éstos disparan por vía de Hamás y Hezbolá.
2) Es cierto que el Estado hebreo tiene el ejército más fuerte del Oriente Medio, pero sería malicioso resaltar ese dato sin agregar que es la razón por la que pudo sobrevivir. Si en algún momento se revirtiera la ecuación, y los enemigos de Israel tuvieran armamento más poderoso, los días de Israel quedarían contados.
3) La debilidad de un grupo no debe medirse en términos absolutos, sino en el marco de cuáles son las amenazas que se ciernen sobre él.
Este tercer argumento es esencial para entender la índole de la debilidad judía. Israel es el débil del conflicto, no por incompetencia de su ejército ni por bajo nivel cultural, sino porque es el único Estado sobre el que se ciernen amenazas concretas de destrucción.
Los medios de prensa y numerosos organismos internacionales dejan a Israel desvalido frente a la agresión, ya que cuando intenta protegerse de quienes lo agreden, despierta la incomprensión generalizada.
Lo sabe muy bien Luis Solana, quien fue Director General de Radiotelevisión española, un ente enfermizo en su obsesión anti-israelí.
Los medios contribuyeron a deslegitimar a Israel difundiendo varios mitos anti-israelíes que lograron confirmaran el estereotipo judeofóbico clásico: Sabra y Chatila, «la matanza» de Yenín, el niño Muhamed Dura, la escuela bombardeada de la UNRWA y, más recientemente, supuestos abusos de soldados israelíes en Gaza. Sin que hubiera habido ni un solo documento que probara las patrañas que se propagaron acerca de crímenes israelíes, la prensa recogió las declaraciones de quienes habían escuchado rumores, como si fueran una información objetiva.
Una vez que se demuestra la falsedad de la información, no se rectifican, como tampoco lo harán acerca del número de palestinos muertos en la operación Plomo Fundido, aun cuando ya se saben los números (murieron 1166 palestinos, de los cuales 709 eran activos terroristas de Hamas y 162 probablemente de otras organizaciones terroristas). Los civiles muertos fueron una pequeña minoría, atribuible a que el Hamás los utilizó de escudo. Ello no impidió que Soraya Rodríguez se apresurara en condenar «1500 asesinatos», y que nunca se disculpe al respecto.
El desvalimiento de Israel en el conflicto no se debe exclusivamente a la demonización a que en general lo someten los medios, sino también a que muchos de éstos se niegan siquiera a dar a conocer las agresiones que sufren los judíos. Así, varios diarios españoles se negaron siquiera a informar sobre el frustrado atentado (21-3-09) contra el centro comercial Lev Hamifratz de Haifa. Si las fuerzas israelíes de seguridad no hubieran detonado a tiempo los cuantiosos explosivos, el intento podría haber cobrado centenares de víctimas.
Ante el peligro que lo acecha, y la calumnia generalizada que lo traba en su autodefensa, Israel es el débil.
Se sabe que el gato tiene menos medios de defensa que el puma, y que el oso panda tiene más volumen que los ratones. Pero los más débiles de entre los animales no son los que tienen musculatura más reducida, sino los que están al alcance de los depredadores. El puma y el oso panda son los débiles, porque se hallan en peligro de extinción debido a la exorbitante caza que los amenaza.
Los Estados judíos del mundo también se hallan en peligro de extinción, no porque flaqueen o tengan ejército enclenque, sino porque son pocos (concretamente, uno solo) y porque los depredadores que quieren deshacerse de ellos son numerosos y fuertes, y cuentan con la complicidad de quienes se niegan aún a informar sobre el peligro.
GUSTAVO D. PEREDNIK
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